Cuando tenía 16 años, acudí a mí médico de cabecera porque no me encontraba bien. No tenía ganas de estudiar, ni de salir de casa,no quería estar con las amigas y me pasaba el día llorando por todo.Cuando me decían algo que no me gustaba me sentía atacada, sentía que todo el mundo que me rodeaba era mejor que yo y estaba inmersa en una negatividad constante. El médico me derivó al psiquiatra, que para mí, entonces, un psiquiatra era sinónimo de estar “loco”, “que se te ha ido la cabeza” etc. Luego comprendí que el psiquiatra es quien te valora y examina tu grado de malestar y es el único que te puede recetar unas pastillas antidepresivas ya que el psicólogo no puede hacerlo,o por lo menos, así me lo explicaron en su día. Me pusieron un tratamiento con el que tenía que estar mínimo seis meses. Comencé a tomar las pastillas el mes de febrero/ marzo, no lo recuerdo muy bien. En ese momento yo estaba cursando segundo de bachillerato, por tanto mi capacidad de atención y concentración en las clases y los exámenes tenía que ser del 100%,pero lamentablemente no fue así. Las pastillas que me mandaron me hacían estar en una constante nube de felicidad. Dormía horas y horas sin interrupción, muchas veces me levantaba como si un camión me hubiese pasado por encima. Mi cabeza funcionaba de forma automática, no era capaz de mantener una conversación o debatir en clase y es que, a día de hoy sigo sin entender cómo pude sacar segundo de bachillerato y cómo pude aprobar los exámenes de selectividad.Recuerdo el último día de exámenes en la universidad, me faltaban dos asignaturas y estaba tomándome un café en la terraza de la cafetería esperando al siguiente examen. No había estudiado nada, sólo había repasado lo que había estudiado durante el curso. Mientras mi compañera se encontraba inquieta e insegura, yo estaba relajada. En ningún momento llegué a pensar que esos exámenes serían decisivos en el futuro. Tuve suerte, memoria fotográfica o como lo querais llamar, saqué todo con muy buena nota. Lo peor de todo es que no recuerdo apenas nada de lo que viví durante ese curso. Recuerdo ir a las clases y tomar cafés con los compañeros,pero no recuerdo qué hice en mis horas libres durante todo el curso.

Llegó un momento en que estaba harta de estar envuelta en esa burbuja que no me dejaba gritar,llorar, ni reír, no disfrutaba saliendo de fiesta ni en cumpleaños, toda mi vida era una línea constante. Tomé mi última tableta de pastillas y no seguí con el tratamiento. Hice mal,porque lo hice sola y de raíz, viviendo a 800 km de mi familia y en un lugar en el cual no tengo muy buenos recuerdos. En los siguientes meses lloré,lloré mucho, pero en los siguientes reí a carcajadas, grité, bailé y canté, comencé a disfrutar de la vida, a valorarla, a valorarme yo, a quererme, a querer mi cuerpo, y llegó un momento en el que volví a sentirme capaz de cualquier cosa, después de muchos años de estar en una constante inhibición, conseguí volver a ser feliz por mí misma y conmigo misma, hasta hoy.

Y os preguntaréis por qué os cuento esto. Porque independientemente del grado de depresión que tuviese en ese momento, mi cuerpo y mi mente no estában preparados para estar dependientes de un fármaco, y aún así, mi cabeza fue lo suficientemente fuerte para valorar lo que en ese momento era importante, sacarme los estudios, y más adelante decir adiós a las pastillas.

“Las pastillas no son la solución a nuestros problemas económicos y personales”

https://www.mayoclinic.org/es-es/diseases-conditions/persistent-depressive-disorder/symptoms-causes/syc-20350929

N.M

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